El Guardián

Nos habian robado nuestro templo.

El Arzobispo Zumárraga oficiaba la misa de aquella tarde del año tochtli del dia chicome coatl, cuando toda la congregación de fieles que estaban reunidos escucharon ruidos y gritos en el atrio de la Catedral.

Erigida sobre nuestro templo, la Catedral mantenía los hilos protectores de nuestro Guardián que se levantaban como una neblina ligera por toda la estructurada mientras que el Agnus Dei era repetido una y otra vez por el Sacerdote.

Años atrás, los tenochteca invocaron al Guardián desde que levantaron la primera capa del pirámide, así como dicta su regla tolteca. Muchos años después, los tehues destrozarían las piedras con sus bolas pesadas y contruirían
la Sede de su religión en nuestra ciudad.

Pero esa tarde todo cambiaría

Nuestros tonas-naguales, ya habían invocado a nuestro Guardián desde días atrás. Nuestro pueblo oprimido dejó sus labores para unirse al canto suave pero constante; “Cuauhtemoc cualli” “Cuauhtemoc Cualli” hasta que a la hora prometida, los cielos comenzaron a oscurecerse sin ser noche.

Después llegaron los Concheros, danzaron a espaldas de la Catedral, y en sus pasos un poderoso temblor se empezó a sentir. En el cielo una especie de crujido como el que era invocado por nuestros tonas-naguales para la lluvia, provocó que el Arzobispo detuviera la misa y pusiera un rostro de profundo pavor. La gente de nuestro pueblo que estaba en el atrio de la Catedral empezó a gritar “Cuauhtémoc Cualli ” “Cuauhtemoc Cualli!” , cada vez con más intensidad hasta ser una sola voz que parecía provenir de todas partes de la tierra.

Yo estaba allí, dentro de la Catedral en espera de salir.

Me hice ayudante del Arzobispo después de muertos mis padres por el salvaje arrebato de nuestras tierras, y después de varios azotes por ser un pecador -como me explico el sacerdote tehue que aceptó enseñarme los haceres de su religión-. Yo acepté para filtrar detrás de sus estatuallias de Santos y Vírgenes las que nos dieron los tonas-naguales. Ellos nos dijeron que darían fuerza para despertar al Guardián ese día y podríamos recuperar nuestro templo.

Cuando la tierra tembló y los cielos crujieron, los tehues salieron y se pusieron más pálidos de lo que son. Lo que en ese momento ocurría en el cielo jamás lo olvidarían y pronto escribirían que invocamos al “maligno” en sus libros que mandaban a su lugar llamado Castilla.

Pero he de contar sin adelantarme;

Cuando logré escabullirme por una de las salidas que comunicaba con una lateral de la Catedral, miré en el cielo la danza de seis serpientes voladoras que se arremolinaban para formar dos hileras de tres en una sincronía perfecta. Las serpientes parecían estar en un medio acuoso porque su vuelo era con una soltura única e impactante, parecían nadar más que flotar, por lo que muchos sacerdotes cristianos salieron primero movidos por la curiosidad, pero después entraron de a la Catedral dominados por el temor.

Yo miraba las caras de los tehues. Todos ellos estaban ocultos, llorando, rezando a su Dios para que los librara de tal castigo. El Arzobispo gritaba “Es obra del Diablo! estos naturales son hijos del Maligno” “Vosotros os condenaréis”.

Mientras tanto las serpientes oscilaban por las campanas, las puertas, y las columnas de la Catedral. El temblor había cesado ya, pero el clamor de nuestro pueblo seguía. Cada vez que las serpientes descendían, los tehues se apretaban el estómago como si estuvieran recibiendo un golpe. Yo también lo sentía pero no era tan intenso; mi tona-Xihuitl, me dijo que protegiera el estómago con hojitas de Cempoxúchitl, al igual que a todos los de mi pueblo. Esas hojitas siempre las usamos en el día de reverencia de nuestro Guardián porque sabemos que él nos hace regalos en el cielo y tenemos que estar prevenidos para no dejar que nuestros estómagos se aflojaran y desmayésemos

Los tehues no sabían esto; ellos caían presos del dolor y del temor. Yo sentía un placer inaudito al mirar a nuestro Guardián en la cúspide de la Catedral. Es una masa negra, indescriptible para alguien que no lo ha visto. Es de un oscuro tan profundo que si se le mira por mucho tiempo, come. Los tehues no lo han visto jamás porque ellos solo ven de día. Nunca han visto la negrura de la noche.

Nuestro Guardián ordenó desprender las columnas. Las serpientes inmensas golpearon la estructura de la catedral una y otra vez. Las hemos visto anteriormente en las ofrendas al Guardián, pero en esta ocasión ellas usaban plumas de quetzal sobre su cuello. Se veían majestuosas. El espectáculo a nuestros ojos fue otro regalo más. Los tonas-naguales se convirtieron de pronto en bolas de fuego que planeaban en lo alto de la Catedral.

Todo esto duró hasta el anochecer. La Catedral se derrumbó aplastando a muchos tehues que se quedaron dentro. Las piedras cayeron también en el atrio matando a otros. Nuestro pueblo terminó con el clamor y supimos que vencimos. Nuestro templo estaba allí, todavía con su fuerte base piramidal y escondida en una cámara oculta, la imagen que uno de los tona-nagual se trajo del otro mundo; un cristal de cuarzo de nuestro Guardián : Hitzilopochtli

Recuperamos nuestro templo.

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